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NÚMERO 66, PÁGINA 52


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Julio César, el camino al poder

Pragmático y ambicioso, carismático y seguro de sí mismo, Julio César se saltó las leyes de la República a su conveniencia para llegar a la cima del poder. Frente a la prohibición legal de entrar en Italia al mando de tropas, César decidió cruzar el Rubicón y dar inicio a la guerra civil.


Para abrirse paso en el agitado ambiente de la Roma del siglo I a.C., César se valió de todos los medios: la propaganda personal, los halagos al pueblo, los sobornos y, sobre todo, su inmenso prestigio militar. En la mañana del 11 de enero de año 49 a.C., César se encuentra en la orilla del Rubicón, en río que señala el límite de la provincia que gobierna por orden del senado. Si lo cruza con el ejército se declarará una guerra civil que se prevé larga y cruenta. César exclamó: «Vayamos a donde nos llaman los prodigios de los dioses y la iniquidad de nuestros enemigos. La suerte esta echada». Aquél fue el momento decisivo en la vida de César, cuando decidió violar la legalidad republicana que le impedía atravesar la frontera de Italia en el Rubicón al mando de un ejército. El camino hacia las más altas magistraturas recorrido por Julio César combina sus cualidades personales con la situación concreta de una República romana en la que estaba a punto de romperse, de modo definitivo el equilibrio entre las familias aristocráticas que ostentaban el poder. En Roma fue elegido tribuno militar y se lanzó a ganarse el favor popular que creía imprescindible para su ascenso al poder. Con el discurso fúnebre dedicado a su esposa Cornelia, fallecida en plena juventud, César se ganó fama ante el pueblo de ser un hombre piadoso y compasivo. Un significativo ejemplo de que César no dudaba en transgredir lo establecido si esto era beneficioso para sus planes. En Cádiz se situó, en el templo de Hércules, junto a la estatua de Alejandro Magno y se echó a llorar porque no había realizado nada memorable a la edad en que el macedonio ya había conquistado el mundo. Sus victorias en Hispania le daban derecho a celebrar un triunfo, la procesión solemne de entrada a Roma junto al botín y los prisioneros de guerra. Sin embargo, tal celebración le impediría presentarse al consulado. Ante la disyuntiva de celebrar su triunfo en Roma o bien ser elegido cónsul, César renunció a la gloria momentánea en favor del cargo desde el que realizaría su ambición. César, esperaba de sus nuevos aliados, Craso y Pompeyo, que le allanaran su camino al consulado y que, además, le garantizasen a su término un cargo con posibilidad de campañas militares. Una vez en el cargo, César hizo que se redactaran a diario las actas del Senado y que se hicieran públicas, para dejar en evidencia a los senadores ante el pueblo. César no dudó a la violencia física para intimidar a sus rivales, como Bíbulo, colega de consulado, al que sus esbirros expulsaron del Foro por la fuerza. En las Galias, César adquirió riqueza, prestigio militar y un ejército fiel, factores que serían fundamentales en el futuro para consolidar su poder y mantener viva su ambición. Finalmente, en el 49 a.C., César decidió cruzar el Rubicón con sus legiones, dando inicio a la guerra civil.