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NÚMERO 71, PÁGINA 74


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Leonardo da Vinci

Más allá del artista universalmente conocido por obras como la 'Mona Lisa' o la 'Última Cena', Leonardo fue un ingeniero y científico de primer orden, avanzado a su tiempo y que puso su poderoso intelecto al servicio de los mecenas italianos del Renacimiento.


Formado como artista y científico autodidacta en Florencia, fue en Milán, en la corte de Ludovico el Moro, donde tuvo por primera vez ocasión de desplegar toda su capacidad como pintor y escenógrafo y como ingeniero civil y militar. Como otros jóvenes que no asistieron a las universidades de la época, Leonardo fue un autodidacta decidido a investigar los misterios de la naturaleza por sí mismo. En Florencia se formó como artista en el taller del célebre pintor y escultor Andrea del Verrochio, primero como aprendiz y luego como pintor agremiado. Sus dotes para la pintura y el dibujo sobresalieron enseguida, y al mismo tiempo, gracias a las discusiones con los artistas e intelectuales que se reunían en el estudio de Verrochio, empezó a interesarse por materias tan diversas como la música, la filosofía, la anatomía o las ciencias naturales. Hacia 1482 la carrera de Leonardo parecía estar en punto muerto. El artista soñaba con obtener un puesto que le permitiera desarrollar sus polifacéticas aptitudes y puso su mirada en el norte, en el ducado de Milán. A su frente se encontraba Ludovico Sforza, el Moro, que gobernaba en nombre de su sobrino Gian Galeazzo. Hombre ambicioso e intrigante, deseaba afianzar su poder haciendo de Milán la corte más brillante de Italia, para lo cual atrajo a gran número de artistas. Leonardo escribió a Ludovico una carta en la que le ofrecía sus servicios y, curiosamente, más que como pintor se presentaba como ingeniero militar, pensando sin duda en las necesidades del duque milanés, en guerra con Venecia por Ferrara. Leonardo no fue aceptado de inmediato por los Sforza y al principio tuvo que confirmar su reputación a través de la pintura. Su primera obra en Milán fue el retablo para la iglesia de San Francesco Grande, ‘La Virgen de las Rocas’. Tiempo después pintaría el fresco de ‘La Última Cena’ para el monasterio de Santa Maria delle Grazie. Seguramente Leonardo sentía que sus obligaciones como artista o ingeniero de corte lo distraían demasiado de los estudios científicos en los que deseaba concentrarse. De regreso a Florencia, Leonardo quiso centrarse en sus estudios de cosmografía y matemáticas y atendió con desgana los encargos de tipo artístico. No dudó en ponerse al servicio del poderoso César Borgia, duque de la Romaña e hijo del papa Alejandro VI, como arquitecto e ingeniero general. A su vuelta a Florencia, a la vez que pintaba cuadros tan emblemáticos como la ‘Mona Lisa’, siguió trabajando como «arquitecto e ingeniero hidráulico». El giro final en la carrera de Leonardo vino de la mano de los franceses, hasta quienes había llegado su fama como artista. A finales de 1506, Carlos de Amboise, lugarteniente del rey Luis XII de Francia en Lombardía, pidió formalmente a los florentinos la cesión temporal de los servicios de Leonardo. El genio florentino pasaría los siguientes años a caballo entre Milán y Florencia. Tras su paso por Roma, en 1516 le llegó una invitación de Francisco I para trasladarse a Francia. Allí asumió los títulos de pintor, arquitecto e ingeniero del rey. Además, pudo desarrollar toda su actividad intelectual. Leonardo murió en su casa de campo de Cloux, el 2 de mayo de 1519.