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NÚMERO 72, PÁGINA 68


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El Tribunal de la Inquisición

Aunque no fue el más sangriento, el Tribunal del Santo Oficio, implantado por los Reyes Católicos, persiguió cualquier desviación de la ortodoxia y la moral católicas, aterrorizando a la población con sus procedimientos secretos y el rigor de sus penas.


Aunque no fue el tribunal más sangriento de su época, el Santo Oficio atemorizó a la población por sus procedimientos secretos y el rigor de las penas que aplicaba, incluida la hoguera. Los historiadores del Derecho han subrayado que el procedimiento penal del Santo Oficio no era distinto al de otras instancias judiciales del Antiguo Régimen, puesto que se basaba en el derecho común. Sin embargo, tenía una peculiaridad: su objeto era perseguir la herejía. Ésta se caracterizaba por ser, al mismo tiempo, pecado y delito, un atentado contra Dios pero también contra el orden social establecido. Esta identificación social se mantuvo hasta el siglo XVIII. En la práctica, el delito de herejía podía aplicarse a muchas situaciones. El Tribunal del Santo Oficio nació en 1478 para perseguir la herejía de los judaizantes, los judíos convertidos recientemente al cristianismo de los que se sospechaba que seguían practicando en secreto su antigua religión. A partir de la década de 1520, la Inquisición empezó a ocuparse de otros grupos: los moriscos, convertidos también al cristianismo en 1502 y que suscitaban la misma desconfianza que los judeoconversos, y los alumbrados, una corriente mística que formuló interpretaciones muy libres de la Biblia. A raíz de la revuelta de Lutero contra Roma, en 1517, aparecieron los protestantes, de los que se descubrieron células en la década de 1550 que dieron lugar a dos grandes autos de fe, en Valladolid y Sevilla. Después del concilio de Trento, finalizado en 1564, la Inquisición amplió su campo de acción para supervisar los conocimientos religiosos y, sobre todo, las prácticas de los cristianos corrientes; se ocupó ahora de bígamos, blasfemos, brujas, homosexuales, curas solicitantes (los que trataban de seducir a mujeres en el marco del sacramento de la confesión) y los libros que supuestamente atentaban contra la ortodoxia católica. Ya en el siglo XVIII, el Santo Oficio puso sus ojos sobre masones, deístas, filósofos y disidentes políticos.El último condenado a muerte por la Inquisición fue el maestro valenciano Cayetano Ripoll, ahorcado en 1826 por sus creencias deístas. Un amplísimo abanico de herejes pobló España desde el punto de vista de la Inquisición, abolida en 1834. Los historiadores creen que, durante toda su existencia, el Santo Oficio procesó a unas 200.000 personas.