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NÚMERO 73, PÁGINA 74


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Rusia: la derrota de Napoleón

En 1812, cuando dominaba Europa, Napoleón decidió invadir Rusia. Avanzó con un gigantesco ejército hasta tomar Moscú, pero sus tropas, desabastecidas y exhaustas, tuvieron que batirse en retirada enfrentándose a un cruel invierno y a los ataques del enemigo.


Hambrientos, exhaustos y ateridos: así volvieron los supervivientes del Gran Ejército francés al término de una de las campañas más audaces de Napoleón, que resultó fatídica para la suerte de su Imperio. En 1810, Napoleón se encontraba en la cima de su poder. Sus ininterrumpidas victorias en el campo de batalla le habían convertido en dueño de Europa. Únicamente se resistían de forma obstinada portugueses, españoles y británicos. Contra Gran Bretaña Napoleón organizó un bloqueo continental que asfixió gravemente la economía inglesa y cuya pieza clave era la alianza con Rusia. Pero el zar Alejandro I, sin romper de forma clara con Francia, se negaba cada vez más abiertamente a seguir los dictados del emperador. Así que éste se resignó a la evidencia: sería preciso invadir el Imperio del zar. Napoleón ordenó reunir un contingente formidable de tropas en el centro de Alemania. La ‘Grande Armée’, el ejército imperial para la campaña de Rusia, sumaba en mayo de 1812 más de 600.000 hombres, 200.000 animales y 25.000 carros. Se trataba de un ejército multinacional en el que los franceses representaban sólo el 30 por ciento de las tropas, mientras que el resto lo formaban principalmente alemanes, polacos, italianos, austriacos, prusianos e incluso portugueses y españoles; estos últimos eran unos 6.000, integrados en el regimiento José Bonaparte. A primeros de junio, la mayor parte de este ejército ocupó sus bases de partida al este de Prusia y Polonia, en el margen occidental del río Nieven, la frontera natural con Rusia. Napoleón amenazaba simultáneamente San Petersburgo y Moscú. El 24 de junio de 1812 comenzó la operación. Napoleón dirigió en persona el avance de la fuerza principal compuesta por tres ejércitos imperiales; a su mando, uno de 250.000 hombres. En total eran 460.000 hombres, mientras unos 150.000 permanecieron en la retaguardia. El plan francés consistía en envolver y destruir por separado los dos ejércitos rusos, que estaban al mando de los generales Barclay de Tolly y Bagration, y que contaban con poco más de 200.000 hombres. El 7 de septiembre se produjo la batalla de Borodino, que fue la más sangrienta de la campaña de Rusia, con un saldo de 75.000 bajas entre imperiales y rusos. El ejército de Napoleón derrotó a las tropas rusas dirigidos por Kutusov, y se abrió la ruta hacia Moscú. Una semana más tarde, Napoleón hizo su entrada en la capital rusa. Su ejército, tras haber recorrido cerca de 900 kilómetros desde el inicio de la invasión, se había reducido a 100.000 efectivos, pero seguía siendo poderoso. El emperador francés esperaba que Alejandro se aviniera a negociar, pero el zar no estaba dispuesto a transigir y, siguiendo la estrategia de sus generales, decidió privar a Napoleón de la victoria que podía suponer la toma de Moscú. Pero un incendio se propagó rápidamente por Moscú, a causa de la madera con la que estaban hechos la mayoría de los edificios de la ciudad. Napoleón se había enfrentado con éxito al ejército ruso, había acampado en Moscú durante más de un mes y había demostrado su intuición estratégica y capacidad de organización. Pero no había logrado la victoria concluyente sobre el Imperio zarista con la que soñaba desde el principio. El riguroso invierno y las enormes distancias terminarían de transformar la aventura rusa de Napoleón en un completo desastre. A finales de noviembre, a orillas del Beresina, sólo la mitad del ejército francés, 28.000 hombres, pudo atravesar el río. De éstos, sólo 9.000 llegarían a Francia. Al fin, el 14 de diciembre, franqueaba el Nieven el último soldado francés, el mariscal Ney, mientras que Napoleón había abandonado el ejército días antes para dirigirse a París, donde se acababa de sofocar una conjura republicana.