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NÚMERO 74, PÁGINA 28


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La coronación de Ramsés II

Tras la muerte de su padre, Seti I, el príncipe Ramsés va a ser nombrado nuevo faraón de Egipto. Será purificado por las aguas del Nilo y ungido con los siete óleos sagrados. Aves y flechas lanzadas a los cuatro puntos cardinales anunciarán al país que tiene un nuevo rey, y éste se mostrará al pueblo entre nubes de incienso, luciendo las insignias del poder faraónico: las coronas blanca y roja, el cetro y el cayado.


Bañado en agua del Nilo y ungido con los siete óleos sagrados, ya purificado, el príncipe Ramsés recibe las coronas del Sur y del Norte. Ahora los dioses inscribirán su nombre en el mítico árbol de la persea, concediéndole un reinado de millones de años. Cuando murió el rey Seti I se instaló la incertidumbre en Egipto, pero también era motivo de esperanza saber que el heredero del reino, el príncipe Ramsés, había asumido sus deberes y estaba cumpliendo los ritos que asegurarían la inmortalidad del soberano difunto, aquel que supo proporcionar la paz y el orden que requerían los dioses y los hombres. La momificación, en manos de experimentados embalsamadores, permitía el renacimiento del soberano como Osiris, el dios del Más Allá. Ahora Ramsés subiría al trono de Egipto como nueva encarnación en la tierra del dios Horus, hijo de Osiris. Con la ceremonia de coronación el futuro soberano se convertiría en el restaurador y garante de la Maat, y el equilibrio del universo quedaría restablecido. Los textos egipcios relativos a esta ceremonia son pocos, pero nos permiten imaginar su desarrollo. La coronación no tenía lugar en un lugar concreto, sino que cada rey escogía un escenario de especial significación religiosa o política: Tebas, Menfis, Heliópolis, Sais… Los ritos comenzaban al alba de la primera jornada y se extendían al menos durante cinco días. Todos se llevaban a cabo en el templo y comenzaban con un baño ritual que tenía por objeto la purificación del futuro rey. Dos sacerdotes vertían sobre el faraón agua del Nilo, para purificarle de las impurezas humanas. Después se ungía al nuevo rey con siete óleos sagrados, que lo protegían del mal y lo vinculaban a sustancias mágicas: perfume de festival, aceite sagrado, resina, aceite ‘nejnem’, aceite ‘uaut’, aceite de cedro de primera calidad y aceite libio, los cuales provenían de la tierra primordial que había dado origen al mundo. Los reyes adoptaban cinco nombres, que debían ser registrados en los frutos del árbolde la persea, hecho que se relacionaba directamente con el destino. Según el mito, la persea crecía en el cielo, morada de los dioses, lo que quizás implicaba que, al tiempo que se desarrollaba la coronación en la tierra, tenía lugar una coronación celestial, con el beneplácito de las divinidades. Esta ceremonia, especialmente importante, se realizaba en la intimidad del templo, lejos de las miradas extrañas. Tras haber recibido sus nombres, el futuro rey debía ser alimentado con leche materna, gracias a la cual adquiría cualidades divinas. Era imprescindible que el faraón cumpliera los ritos de coronación de forma dual, una vez como rey del Alto Egipto (el territorio que se hallaba al sur de Menfis) y otra como soberano del Bajo Egipto (el país que se extendía al norte de aquella ciudad). La falta de textos con detalles relativos a la coronación posiblemente se deba al carácter de la misma, que debió de ser una ceremonia mágica y muy poderosa, por lo que no podía referirse lo que acontecía en ella.