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NÚMERO 3, PÁGINA 76

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El califato de Córdoba: el esplendor andalusí

Con un siglo de existencia, el califato omeya supuso la etapa más brillante de la historia hispanomusulmana, que rivalizó en poder con los mayores imperios de su tiempo.


De los casi ocho siglos de presencia musulmana en la península ibérica, el período del califato de Córdoba (929-1031) fue el más ilustre. Durante esos decenios los soberanos omeyas que residían en Córdoba pretendieron ejercer la suprema dignidad en todo el mundo musulmán, oponiéndose así a la preeminencia de los califas de Bagdad y recuperando el título del que habían sido despojados a mediados del siglo VIII por los abasíes. Después de trasladarse a España y crear allí un emirato virtualmente independiente, Abderramán III en 929 daba el paso de proclamar su soberanía política y religiosa. Al mismo tiempo, los omeyas pretendían hacer frente a la expansión de los fatimíes en el norte de África, que también reclamaban para sí el título de califa. Todo ello coincidía con el intento por parte del mismo Abderramán III de reafirmar su control de la península ibérica frente a los reinos cristianos del norte, contra los que dirigió diversas expediciones, no siempre exitosas.
Este apogeo político del principado omeya en al-Andalus fue de corta duración: tras el reinado de al-Hakam II y las ofensivas militares de Almanzor contra los territorios cristianos del norte, desde Galicia hasta Cataluña, Córdoba asistió a una rápida descomposición política, en medio de múltiples luchas dinásticas y de clanes que desembocaron en la fragmentación del estado andalusí en los llamados reinos de taifas. Pero a su caída el califato dejaba una herencia imborrable, sobre todo en el ámbito de la cultura. A lo largo del siglo X Córdoba se había convertido en capital cultural mundial, a la que se dirigían en busca de conocimientos tanto musulmanes como cristianos. La literatura y las ciencias tuvieron cultivadores insignes, como el poeta Ibn Abd Rabí, el historiador al-Razi o el matemático al-Mayriti. Sobre todo, el califato cordobés dejó dos obras cumbres de la arquitectura islámica: la mezquita de Córdoba, que gracias a sus ampliaciones en el siglo X alcanzó celebridad en todo el orbe musulmán; y la ciudad-palacio de Medina Azara, construida por orden de Agderramán III a unos kilómetros de Córdoba, verdadero prodigio de refinamiento artístico.