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NÚMERO 24, PÁGINA 44


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Tutankhamón: el tesoro de un faraón

El más suntuoso enterramiento del antiguo Egipto se destinó a un faraón adolescente y fue descubierto prácticamente intacto en 1923


En el año 1337 a.C. moría el faraón Tutankhamón. Tenía tan sólo 18 años, y aunque se han avanzado muchas hipótesis sobre la causa de su fallecimiento, lo más probable es que fuera consecuencia de una infección provocada por una fractura mal curada. Lo súbito de su desaparición hizo que los preparativos de su entierro casi tuvieran que improvisarse, hasta el punto de que es posible que se aprovechara una tumba destinada para otra personalidad, como sugieren sus dimensiones no demasiado grandes y algunos elementos de ornamentación y ajuar funerario.
Pese a ello, la tumba de Tutankhamón es uno de los vestigios más sensacionales que se conservan del antiguo Egipto, con un valor icónico que sólo se puede comparar con el de las tres grandes pirámides o el busto de Nefertiti. Quizá no fue la más rica de las que se construyeron, pero una fortuna poco común ha hecho que se haya conservado a lo largo de los siglos a resguardo de los saqueadores. Así, cuando el arqueólogo norteamericano Howard Carter, en 1922, descendió las escaleras y cruzó el umbral que conducía al complejo funerario del faraón se encontró con el espectáculo de un sepulcro prácticamente intacto que encerraba un tesoro arqueológico de valor incalculable.
En realidad, la exploración de la tumba fue una tarea laboriosa que consumió varios meses. Se necesitaron siete semanas tan sólo para examinar y traslador todos los objetos (carros, camas rituales, armamentos…) situados en la antecámara, la primera de las cuatro piezas del conjunto. Hubo luego que vaciar una segunda habitación, utilizada en su momento como una especie de almacén. Sólo entonces entró Howard en la cámara funeraria, donde le esperaba el más suntuoso sarcófago faraónico que se conserva. Envuelto en cuatro enormes capillas doradas, un triple ataúd guardaba la momia. El tercer ataúd está hecho en oro macizo, y se superpone exactamente a la célebre máscara mortuoria del faraón, también de oro, a partir de la cual se han podido reconstruir recientemente los rasgos faciales del antiguo soberano. Por último, Howard entró en la cámara del tesoro, en la que se había colocado una capilla dorada con los cuatro vasos canopes en los que se guardaban las vísceras momificadas de Tutankhamón.